XXXI Conferencia Internacional 
del Consejo Pontificio para los Agentes Sanitarios
“Las patologías raras y olvidadas”
(RV).- “Para una cultura de la salud acogedora y solidaria al servicio de las personas aquejadas de patologías raras y olvidadas”, es el tema  de la XXXI Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para los Agentes Sanitarios (Pastoral de la Salud) que tendrá lugar en el Aula Nueva del Sínodo del Vaticano, del 10 al 12 de noviembre.
La Conferencia fue presentada esta mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede y han intervenido en el acto Mons. Jean-Marie Mupendawatu y el Rev.do Padre Augusto Chendi, M.I. respectivamente Secretario y Subsecretario  del Consejo  Pontificio para los Agentes Sanitarios, Pastoral de la Salud; además, el doctor Marco Tartaglia, Responsable del Sector de investigación de Enfermedades raras y de Enfermedades genéticas del Hospital Pediátrico “Bambino Gesù” de  Roma y el doctor Claudio Giustozzi, Secretario nacional de la asociación cultural italiana “Giuseppe Dossetti: i Valori-Sviluppo e Tutela dei Diritti” ONLUS.
Los ponentes han explicado que de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2016), “una enfermedad se considera rara cuando afecta a una persona  de cada 2000 o menos”. Son definidas así entre 5000 y 8000 patologías, de las cuales  el 80% de las cuales son de origen genético, con un alto peligro de muerte para el paciente. Se estima que unos 400 millones de personas se ven afectadas por ellas.
La OMS también calcula en más de mil millones las  personas que sufren de enfermedades “olvidadas”, de los cuales casi la mitad son niños. La mayoría de ellas son de origen infeccioso, y están difundidas en las zonas geográficas con clima tropical donde la población no tiene acceso al agua potable,  el saneamiento es deficiente,   las  viviendas están en malas condiciones  y el acceso a los servicios de salud  escasea o no existe; en definitiva, en “situaciones de pobreza que causan graves problemas sanitarios a las personas más  pobres del mundo”. Este escenario plantea un gran reto desde el punto de vista tanto  epidemiológico, clínico y científico  como cultural y socio-político y supone una llamada a la asunción de responsabilidades y compromisos globales por parte de todos los actores interesados..
“La Iglesia, que en el curso de sus dos mil años de atención por el mundo de los enfermos, ha sentido siempre que el servicio a los que sufren es parte integrante de su misión – ha afirmado Mons. Mupendawu – se propone, con la organización de esta conferencia, ponerse al servicio de los que sufren este tipo de enfermedades, dando respuestas de  carácter educativo, cultural y pastoral a este desafío. El cuidado y tratamiento de los pacientes en general, y de los que sufren de enfermedades raras y olvidadas, en particular, son una ineludible obra de  misericordia corporal evangélica. Esta urgencia pastoral, con especial atención a los operadores y a los que ‘toman decisiones’ sanitarias  encuentra en la visión eclesial del Papa Francisco un nuevo impulso, como lo demuestran las diversas iniciativas  promovidas  durante el Jubileo de la Misericordia”.
La Conferencia, en la que toman parte 320 personas procedentes de más de 50 países, se articula en tres temas claves que constituyen también una pedagogía: Reformar, para tomar el pulso al estado de las cosas tanto en materia científica como de la atención clínica: Curar mejor con un enfoque acogedor y solidario la vida del enfermo; Defender el ambiente en que vive el ser humano.
Mons. Mupendawu  repitió las palabras del Santo Padre que figuran en el programa de la Conferencia: “El Papa considera que para la Iglesia en este momento histórico es prioritario  colocarse en una dinámica de salida para atestiguar concretamente la Misericordia Divina haciéndose hospital de campo para los descartados que viven en cualquier periferia existencial, socio-económica, sanitaria, ambiental o geográfica en todo el mundo”.
Entre las iniciativas que forman parte de la Conferencia están el  Encuentro de las Instituciones Sanitarias Católicas Europeas y una exposición fotográfica sobre las enfermedades raras y olvidadas en el hall de entrada frente al Aula Pablo VI a partir del jueves 10 de noviembre.


El Papa a los Reclusos durante su Jubileo: 
"Que vuestra esperanza se encienda"

(RV).- El Papa Francisco celebró la Santa Misa durante el Jubileo de los Reclusos, el primer domingo de noviembre en la Basílica Vaticana, en la que participaron más de mil fieles entre detenidos, familiares, personal penitenciario y voluntarios del sector carcelario. El Santo Padre en una larga y emotiva homilía incidió en diferentes términos como la condena, la libertad, el perdón, la esperanza, la fe, la rehabilitación, el arrepentimiento y por su puesto la misericordia. “Una cosa es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra cosa distinta es el «respiro» de la esperanza, que no puede sofocarlo nada ni nadie. Nuestro corazón siempre espera el bien; se lo debemos a la misericordia con la que Dios nos sale al encuentro sin abandonarnos jamás”, aseguró el Obispo de Roma citando a san Agustín.

Francisco advirtió que “todos somos pecadores” y muchas veces, “prisioneros sin darnos cuenta”, sobre todo cuando permanecemos encerrados en prejuicios, en falsos bienestares o en esquemas ideológicos, “en realidad no se hace otra cosa que estar entre las estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia, privados de la verdad que genera la libertad”.

Y hablando de la importancia de la fe y de cómo “es capaz de mover montañas”, recordó que “sólo la fuerza de Dios, la misericordia, puede curar ciertas heridas” y que cuando se responde a la violencia con el perdón, “allí también el amor que derrota toda forma de mal puede conquistar el corazón de quien se ha equivocado”. De esta forma - entre las víctimas y entre los culpables- “Dios suscita auténticos testimonios y obreros de la misericordia”.

te dejamos el texto completo de la homilía del Papa Francisco:

El mensaje que la Palabra de Dios quiere comunicarnos hoy es ciertamente de esperanza.
Uno de los siete hermanos condenados a muerte por el rey Antíoco Epífanes dice: «Dios mismo nos resucitará» (2M 7,14). Estas palabras manifiestan la fe de aquellos mártires que, no obstante los sufrimientos y las torturas, tienen la fuerza para mirar más allá. Una fe que, mientras reconoce en Dios la fuente de la esperanza, muestra el deseo de alcanzar una vida nueva.
Del mismo modo, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús con una respuesta simple pero perfecta elimina toda la casuística banal que los saduceos le habían presentado. Su expresión: «No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos» (Lc 20,38), revela el verdadero rostro del Padre, que desea sólo la vida de todos sus hijos. La esperanza de renacer a una vida nueva, por tanto, es lo que estamos llamados a asumir para ser fieles a la enseñanza de Jesús.
La esperanza es don de Dios. Está ubicada en lo más profundo del corazón de cada persona para que pueda iluminar con su luz el presente, muchas veces turbado y ofuscado por tantas situaciones que conllevan tristeza y dolor. Tenemos necesidad de fortalecer cada vez más las raíces de nuestra esperanza, para que puedan dar fruto. En primer lugar, la certeza de la presencia y de la compasión de Dios, no obstante el mal que hemos cometido. No existe lugar en nuestro corazón que no pueda ser alcanzado por el amor de Dios. Donde hay una persona que se ha equivocado, allí se hace presente con más fuerza la misericordia del Padre, para suscitar arrepentimiento, perdón, reconciliación.
Hoy celebramos el Jubileo de la Misericordia para vosotros y con vosotros, hermanos y hermanas reclusos. Y es con esta expresión de amor de Dios, la misericordia, que sentimos la necesidad de confrontarnos. Ciertamente, la falta de respeto por la ley conlleva la condena, y la privación de libertad es la forma más dura de descontar una pena, porque toca la persona en su núcleo más íntimo. Y todavía así, la esperanza no puede perderse. Una cosa es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra cosa distinta es el «respiro» de la esperanza, que no puede sofocarlo nada ni nadie. Nuestro corazón siempre espera el bien; se lo debemos a la misericordia con la que Dios nos sale al encuentro sin abandonarnos jamás (cf. san Agustín, Sermo 254,1).
En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo habla de Dios como del «Dios de la esperanza» (Rm 15,13). Es como si nos quisiera decir que también Dios espera; y por paradójico que pueda parecer, es así: Dios espera. Su misericordia no lo deja tranquilo. Es como el Padre de la parábola, que espera siempre el regreso del hijo que se ha equivocado (cf. Lc 15,11-32). No existe tregua ni reposo para Dios hasta que no ha encontrado la oveja descarriada (cf. Lc 15,5). Por tanto, si Dios espera, entonces la esperanza no se le puede quitar a nadie, porque es la fuerza para seguir adelante; la tensión hacia el futuro para transformar la vida; el estímulo para el mañana, de modo que el amor con el que, a pesar de todo, nos ama, pueda ser un nuevo camino… En definitiva, la esperanza es la prueba interior de la fuerza de la misericordia de Dios, que nos pide mirar hacia adelante y vencer la atracción hacia el mal y el pecado con la fe y la confianza en él.
Queridos reclusos, es el día de vuestro Jubileo. Que hoy, ante el Señor, vuestra esperanza se encienda. El Jubileo, por su misma naturaleza, lleva consigo el anuncio de la liberación (cf. Lv 25,39-46). No depende de mí poderla conceder, pero suscitar el deseo de la verdadera libertad en cada uno de vosotros es una tarea a la que la Iglesia no puede renunciar. A veces, una cierta hipocresía lleva a ver sólo en vosotros personas que se han equivocado, para las que el único camino es la cárcel. No se piensa en la posibilidad de cambiar de vida, hay poca confianza en la rehabilitación. Pero de este modo se olvida que todos somos pecadores y, muchas veces, somos prisioneros sin darnos cuenta. Cuando se permanece encerrados en los propios prejuicios, o se es esclavo de los ídolos de un falso bienestar, cuando uno se mueve dentro de esquemas ideológicos o absolutiza leyes de mercado que aplastan a las personas, en realidad no se hace otra cosa que estar entre las estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia, privados de la verdad que genera la libertad. Y señalar con el dedo a quien se ha equivocado no puede ser una excusa para esconder las propias contradicciones.
Sabemos que ante Dios nadie puede considerarse justo (cf. Rm 2,1-11). Pero nadie puede vivir sin la certeza de encontrar el perdón. El ladrón arrepentido, crucificado junto a Jesús, lo ha acompañado en el paraíso (cf. Lc 23,43). Ninguno de vosotros, por tanto, se encierre en el pasado. La historia pasada, aunque lo quisiéramos, no puede ser escrita de nuevo. Pero la historia que inicia hoy, y que mira al futuro, está todavía sin escribir, con la gracia de Dios y con vuestra responsabilidad personal. Aprendiendo de los errores del pasado, se puede abrir un nuevo capítulo de la vida. No caigamos en la tentación de pensar que no podemos ser perdonados. Ante cualquier cosa, pequeña o grande, que nos reproche el corazón, sólo debemos poner nuestra confianza en su misericordia, pues «Dios es mayor que nuestro corazón» (1Jn 3,20).
La fe, incluso si es pequeña como un grano de mostaza, es capaz de mover montañas (cf. Mt 17,20). Cuantas veces la fuerza de la fe ha permitido pronunciar la palabra perdón en condiciones humanamente imposibles. Personas que han padecido violencias y abusos en sí mismas o en sus seres queridos o en sus bienes. Sólo la fuerza de Dios, la misericordia, puede curar ciertas heridas. Y donde se responde a la violencia con el perdón, allí también el amor que derrota toda forma de mal puede conquistar el corazón de quien se ha equivocado. Y así, entre las víctimas y entre los culpables, Dios suscita auténticos testimonios y obreros de la misericordia.
Hoy veneramos a la Virgen María en esta imagen que la representa como una Madre que tiene en sus brazos a Jesús con una cadena rota, las cadenas de la esclavitud y de la prisión. Que ella dirija a cada uno de vosotros su mirada materna, haga surgir de vuestro corazón la fuerza de la esperanza para vivir una vida nueva y digna en plena libertad y en el servicio del prójimo.



¡La resurrección es el fundamento de la fe cristiana!

(RV).- Antes de rezar el Ángelus del primer domingo de noviembre, el Papa Francisco recordó que tras la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los fieles difuntos, la Liturgia sigue invitando a reflexionar sobre el misterio de la resurrección de los muertos.

De hecho – dijo – el Evangelio del día presenta a Jesús que se confronta con los saduceos incrédulos que tratan de tenderle una trampa para ridiculizar la resurrección, presentándole el caso paradójico de una mujer que tras haber tenido siete maridos, hermanos entre sí y ya fallecidos, y que le preguntan ¿de quién será esposa? en el más allá.

Jesús no cae en la trampa – prosiguió Francisco – y reafirma la verdad de la resurrección, explicando que la existencia después de la muerte será diversa de la de la tierra. Él hace comprender a sus interlocutores que no es posible aplicar las categorías de este mundo a las realidades que van más allá y que son más grandes de lo que vemos en esta vida.

El Señor – añadió el Santo Padre – explica que en este mundo vivimos de realidades provisorias, que terminan, mientras después de la resurrección, la muerte ya no será nuestro horizonte y viviremos las relaciones humanas en la dimensión de Dios y de modo transfigurado. A la vez que destacó que también el matrimonio resplandecerá, transformado, en la comunión gloriosa de los santos en el Paraíso.

Tras recordar que la salvación traída por Jesús es para cada uno de nosotros y que la vida de los resucitados será semejante a la de los ángeles, el Obispo de Roma afirmó que la resurrección no es sólo el hecho de resurgir después de la muerte, sino un nuevo tipo de vida que ya experimentamos hoy. De ahí que haya reafirmado que si no existiera la referencia al Paraíso y a la vida eterna, el cristianismo se reduciría a una ética, a una filosofía de vida.

Y antes de rezar a la Madre de Dios, pidió a la Virgen María, Reina del cielo y de la tierra, que nos confirme en la esperanza de la resurrección y que nos ayude a hacer fructificar en obras buenas la palabra que su Hijo ha sembrado en nuestros corazones.

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MIRAME MADRE CELESTIAL

María Madre de Gracia

María Madre de Gracia y de la Misericordia, te pedimos que presurosa intersedas ante Nuestro Señor Jesucristo, para que convierta nuestros corazones, procurando ser más fieles cada día a Dios Padre.
Dignate... Madre Nuestra, a asistirno a cada momento, para ser más parecidos a Nuestro Señor Jesucristo, y así, lograr la santificación, para que al llegar a la muerte, podamos correr presurosos a los brazos de Nuestro Padre Celestial.
Señora de los cielos, no nos quites tus ojos maternales, no vuelvas tu rostro a estos... tus débiles hijos, que no dudan en ofender a Nuestro Señor Jesucristo.
Intercede Madre de los Cristianos, para que el Rey de Reyes y Señor de Señores, envie al Espíritu Santo... Divino Paráclito, y encienda nuestros Corazones con su Fuego, para que se consuman de Amor por tu Hijo, quien no dudó en dar su vida por nosotros.
Enciende Señor nuestros Corazones que se han congelado y endurecido por el pecado. ¡Quema Señor!... ¡Quema mi corazón para que se purifique!, para que se consuma mi vida de Amor por vos, como una braza se consume por el fuego. Que mi alma arda por tu fuego Santo y sea limpiada, para que quede blanca como la nieve.
Madre Mía... a tí acudo con este deseo ferviente, a tí clamo presuroso por una conversión profunda, por una unión más sólida con la Santa Iglesia, que es la unión con el Tres Veces Santo... con el León de Judá.
Mamá... Mamá del Cielo... acompañanos en este caminar para que seas tú nuestra dulce Guía.
////////////////////////////////////////AMÉN.