Homilía del Papa: 
En la esperanza cristiana, el dolor se abre a la alegría de la vida.


El cristiano no anestesia el dolor, sino que lo vive en la esperanza, de que Dios nos donará una alegría que nada nos podrá quitar. Es lo que reiteró el Papa Francisco en la Misa matutina, en la Capilla de la Casa de Santa Marta.

Con las palabras de Jesús, en el Evangelio del día, antes de su Pasión. Cuando les asegura a sus discípulos que van a estar tristes, pero que esa tristeza se convertirá en gozo (cfr Juan 16, 20). Y el Señor emplea la imagen de la mujer, que cuando da a luz al niño, se olvida de su dolor, por la alegría de ver que ha venido un hombre al mundo (cfr Juan 16, 21).

Con Jesús, esperar en el dolor y exultar en la alegría, señaló el Papa:

«Esto es lo que hacen la alegría y la esperanza juntas, en nuestra vida, cuando estamos en la tribulación, en problemas, cuando sufrimos. No es una anestesia. El dolor es dolor, pero vivido con alegría y esperanza te abre la puerta a la alegría de un fruto nuevo. Esta imagen del Señor nos debe ayudar tanto en las dificultades. Dificultades tantas veces feas, dificultades malas que hasta nos hacen dudar de nuestra fe… Pero con la alegría y la esperanza vamos adelante, porque después de la tempestad llega un hombre nuevo, como cuando la mujer da a luz. Y Jesús nos dice que esta alegría, esta esperanza, es duradera, no pasa».

La alegría y la esperanza van juntas, subrayó también el Obispo de Roma:

«Una alegría sin esperanza es mera diversión, una alegría pasajera. Una esperanza sin alegría no es esperanza, no va más allá de un sano optimismo. La alegría y la esperanza van juntas, y ambas hacen esa explosión que la Iglesia en su liturgia casi – me permito decir la palabra – grita sin pudor: ‘¡Exulte tu Iglesia’’, exulte de alegría. Sin formalidades. Porque cuando hay alegría fuerte, no hay formalidades: es alegría».

Alegría y esperanza que no son un carnaval, son otra cosa, explicó luego el Santo Padre:

«La alegría fortalece la esperanza y la esperanza florece en la alegría. Y así vamos adelante. Pero las dos - con esa actitud que la Iglesia les quiere dar, a estas dos virtudes cristianas – indican un salir de nosotros mismos. El alegre no se encierra en sí mismo; la esperanza te lleva, es el ancla que está en la playa del cielo y te lleva a salir. Salir de nosotros mismos, con la alegría y la esperanza».

La alegría humana puede ser quitada por tantas cosas, por alguna dificultad. Pero Jesús nos quiere donar una alegría que nadie nos podrá quitar. Es duradera, aun en los momentos más oscuros, volvió a recordar el Papa. Como en la Ascensión del Señor, cuando el Señor se va y los discípulos se quedan mirando el cielo con tristeza. Y los ángeles los despiertan. Y, como narra el Evangelio de Lucas: ‘¡regresaron felices, llenos de alegría. Esa alegría de saber que nuestra humanidad ha entrado en el Cielo, por primera vez!’, exclamó el Papa.

La esperanza de vivir y de alcanzar al Señor, se vuelve una alegría que abraza a toda la Iglesia, dijo luego antes de concluir su homilía, deseando que «el Señor nos dé esta gracia, una alegría grande que sea expresión de la esperanza. Y una esperanza fuerte, que se vuelva alegría en nuestra vida. Y que el Señor custodie esta alegría y esta esperanza, así nadie nos las podrá quitar».

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MIRAME MADRE CELESTIAL

María Madre de Gracia

María Madre de Gracia y de la Misericordia, te pedimos que presurosa intersedas ante Nuestro Señor Jesucristo, para que convierta nuestros corazones, procurando ser más fieles cada día a Dios Padre.
Dignate... Madre Nuestra, a asistirno a cada momento, para ser más parecidos a Nuestro Señor Jesucristo, y así, lograr la santificación, para que al llegar a la muerte, podamos correr presurosos a los brazos de Nuestro Padre Celestial.
Señora de los cielos, no nos quites tus ojos maternales, no vuelvas tu rostro a estos... tus débiles hijos, que no dudan en ofender a Nuestro Señor Jesucristo.
Intercede Madre de los Cristianos, para que el Rey de Reyes y Señor de Señores, envie al Espíritu Santo... Divino Paráclito, y encienda nuestros Corazones con su Fuego, para que se consuman de Amor por tu Hijo, quien no dudó en dar su vida por nosotros.
Enciende Señor nuestros Corazones que se han congelado y endurecido por el pecado. ¡Quema Señor!... ¡Quema mi corazón para que se purifique!, para que se consuma mi vida de Amor por vos, como una braza se consume por el fuego. Que mi alma arda por tu fuego Santo y sea limpiada, para que quede blanca como la nieve.
Madre Mía... a tí acudo con este deseo ferviente, a tí clamo presuroso por una conversión profunda, por una unión más sólida con la Santa Iglesia, que es la unión con el Tres Veces Santo... con el León de Judá.
Mamá... Mamá del Cielo... acompañanos en este caminar para que seas tú nuestra dulce Guía.
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