CARTELERA

muy pronto... COBERTURA EXCLUSIVA DESDE EL SANTUARIO DE SAN NICOLÁS

viernes, 10 de abril de 2015

9 de abril

COBRAR POR CELEBRAR SACRAMENTOS COMO BAUTISMOS O BODAS ES PECADO




Ciudad del Vaticano-El papa Francisco denunció ayer que algunas parroquias se conviertan en “casas de negocio” y hagan pagar por celebrar sacramentos como bautismos o bodas, durante su homilía en la misa matutina de la capilla de su residencia, de Santa Marta.
El papa reflexionó hoy sobre la liturgia del día en que Jesús expulsó a los mercaderes del Templo, “porque habían transformado la casa de oración en una cueva de ladrones” y entonces denunció cómo también ahora los sacerdotes pueden causar escándalo con sus hábitos, con el comercio o la mundanidad.
“Cuántas veces entramos en una iglesia, aún hoy, y hemos visto la lista de los precios” para el bautismo, la bendición, las intenciones para la Misa. Y el pueblo se escandaliza”, exclamó el papa.
Ante ello, Francisco contó cómo recién ordenado sacerdote conoció a una pareja de novios que quería casarse durante una ceremonia que incluyera la misa, pero el párroco se negaba porque decía que la celebración no podía durar más de 20 minutos porque se ocupaban dos turnos.
“¡Y para casarse con una misa tuvieron que pagar dos turnos!”, y esto es “un pecado”, denunció el papa.El papa recomendó entonces a los fieles que cuando vean estas cosas “tengan el valor de decírselo a la cara al párroco”.

Papa Francisco: 

Abandonar a los ancianos 

es pecado mortal


Queridos hermanos y hermanas,
 
la catequesis de hoy y la del miércoles próximo están dedicadas a los ancianos que, en el ámbito de la familia, son los abuelos. Hoy reflexionamos sobre la problemática condición actual de los ancianos, y la próxima vez, más en positivo, sobre la vocación contenida en esta edad de la vida.
 
Gracias a los progresos de la medicina la vida se ha alargado: la sociedad, sin embargo, ¡no se “ha alargado” a la vida! El número de los ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado suficiente para hacerles sitio a ellos, con el justo respeto y consideración concreta para su fragilidad y su dignidad. Mientras somos jóvenes, somos inducidos a ignorar la vejez, como si fuese una enfermedad, una enfermedad que tener lejos; cuando luego nos volvemos ancianos, especialmente si somos pobres, si somos enfermos, si estamos solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada en la eficiencia, y que en consecuencia ignora a los ancianos. Y los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar.
 
Benedicto XVI, visitando una casa para ancianos, usó palabras claras y proféticas. Decía así: “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también en cómo se trata a los ancianos y su lugar reservado en la vida común” (12 noviembre 2012). Es verdad, la atención a los ancianos hace la diferencia de una civilización. ¿En una civilización hay atención al anciano, hay sitio para el anciano? Esta civilización saldrá adelante, porque respeta la sabiduría. ¿En una sociedad no hay lugar para los ancianos, son descartados porque crean problemas? Esta sociedad lleva consigo el virus de la muerte. Así lo declaro.
 
En Occidente, los expertos presentan el siglo actual como el siglo del envejecimiento: los hijos disminuyen, los viejos aumentan. Este desequilibrio nos interpela, al contrario, es un gran desafío para la sociedad contemporánea. Sin embargo, una cierta cultura del beneficio insiste en hacer aparecer a los viejos como un peso, un “lastre”. No sólo no producen, piensan, sino que son una carga: en resumen, ¿cuál es la consecuencia de pensar así? hay que descartarlos. Es malo ver a los ancianos descartados, es algo malo, ¡es pecado! No se atreve a decirlo abiertamente, ¡pero se hace! Hay algo de vil en esta adicción a la cultura del descarte. Estamos acostumbrados a descartar gente. Queremos quitar nuestro miedo cada vez mayor a la debilidad y a la vulnerabilidad; pero haciendo así aumentamos en los ancianos la angustia de ser mal soportados y abandonados.
 
Ya en mi ministerio en Buenos Aires he tocado con la mano esta realidad con sus problemas: “Los ancianos son abandonados, y no sólo en la precariedad material. Son abandonados en la egoísta incapaci­dad de aceptar sus límites que reflejan nuestros límites, en las numerosas dificultad que hoy deben superar para sobrevivir en una civilización que no les permite participar, decir su opinión, ni ser referentes según el modelo consumista del “sólo los jóvenes pueden ser útiles y pueden disfrutar”. Estos ancianos deberían en cambio ser, para toda la sociedad, la reserva de sabiduría de nuestro pueblo. Los ancianos son la reserva de sabiduría de nuestro pueblo. ¡Con cuanta facilidad se pone a dormir la conciencia cuando no hay amor!" (Solo l’amore ci può salvare, Ciudad del Vaticano 2013, p. 83). Y así sucede. Yo recuerdo cuando visitaba los asilos, hablaba con cada uno, y muchas veces he escuchado esto: ¿Cómo está usted? Bien ¿Y los hijos, cuántos tiene? Muchos ¿Y vienen a visitarle? Siempre, sí, vienen. ¿Y cuándo vinieron la última vez? Y la anciana, recuerdo una especialmente, decía: “Por Navidad”. ¡Estábamos en agosto! ¡Ocho meses sin que los hijos vinieran a visitarla! ¡Ocho meses abandonada! Esto se llama pecado mortal. ¿Entendido?
 
Una vez de niño la abuela nos contaba una historia de un abuelo anciano que al comer se manchaba porque no podía llevar la cuchara bien a la boca con la sopa. Y el hijo, o sea, el papá de la familia, decidió sacarle de la mesa común, y puso una mesita en la cocina donde no se le viera para que comiera solo. Así no daba una mala imagen cuando venían los amigos a comer o cenar. Pocos días después llegó a casa y encontró a su hijo pequeño jugando con la madera, los clavos y el martillo, haciendo algo. Y le dijo, ¿qué haces? Hago una mesa, papá. ¿Una mesa? ¿Y para qué? Para tenerla cuando tu te hagas viejo. Así podrás comer allí. ¡Los niños tienen más conciencia que nosotros!
 

En la tradición de la Iglesia hay un bagaje de sabiduría que ha siempre apoyado una cultura de cercanía a los ancianos, una disposición al acompañamiento afectuoso y solidario en esta parte final de la vida. Tal tradición está arraigada en la Sagrada Escritura, como atestiguan por ejemplo estas expresión del Libro del Eclesiástico: “No despreciéis el discurso de los viejos, porque también ellos han aprendido de sus padres; de ellos aprenderás el discernimiento y cómo responder en el momento de la necesidad” (Sir 8,9).Audiencia general 4 marzo

La Iglesia no puede y no quiere conformarse con una mentalidad de no soportar, y mucho menos de indiferencia y de desprecio, hacia la vejez. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de hospitalidad, que hagan sentir al anciano parte viva de su comunidad.
 
Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que han estado antes que nosotros en el mismo camino, en nuestra misma casa, en nuestra batalla diaria por una vida digna. Son hombres y mujeres de los que hemos recibido mucho. El anciano no es un extraño. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, en todo caso inevitablemente, aunque no lo pensemos. Y si no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros.
 
Frágiles son un poco todos los viejos. Algunos, sin embargo, son particularmente débiles, muchos están solos, y marcados por la enfermedad. Algunos dependen de cuidados indispensables y de la atención a los demás. ¿Daremos por esto un paso atrás?, ¿les abandonaremos a su destino? Una sociedad sin proximidad, donde la gratuidad y el afecto sin contrapartida – también entre extraños – van desapareciendo, es una sociedad perversa. La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, no puede tolerar estas degeneraciones. Una comunidad cristiana en la que proximidad y gratuidad no fueran más consideradas indispensables, perdería con ellas su alma. ¡Donde no se honra a los ancianos, no hay futuro para los jóvenes! 
 

jueves, 9 de abril de 2015

Papa Francisco: "Un niño nunca puede ser considerado un error"


RV).- En su catequesis de la audiencia general, celebrada el miércoles de la Octava de Pascua, en una soleada Plaza de San Pedro y ante varios miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países, el Papa Francisco, en el ámbito de sus reflexiones sobre la familia, completó el tema de los niños que si bien representan el fruto más bello de la bendición que el Creador ha dato al hombre y a la mujer, muchos de ellos, suelen sufrir auténticas “historias de pasión”.
Francisco invitó a pensar en los hijos no deseados o abandonados, en los niños de la calle, sin educación ni atención sanitaria, en los chicos maltratados, a los que les roban su infancia y su juventud, lo que constituye – dijo – una vergüenza para la sociedad y un grito de dolor dirigido directamente al corazón del Padre.
El Obispo de Roma destacó asimismo que un niño nunca puede ser considerado un error, puesto que el error es del mundo de los adultos y del sistema que genera bolsas de pobreza y violencia, en las que los más débiles son los más perjudicados. Y tras afirmar que los niños son responsabilidad de todos, el Papa destacó que los padres no deberían sentirse solos en su tarea, teniendo en cuenta que tratándose de niños, ningún sacrificio es demasiado costoso.
Dios no se olvida de ninguno de sus hijos más pequeños, dijo también el Santo Padre recordando que Jesús los trató con especial predilección, imponiéndoles las manos, bendiciéndolos y afirmando que el Reino de los cielos es de quienes se hacen como ellos; mientras la Iglesia siempre se ha puesto al servicio de los niños y sus familias con solicitud maternal y defendiendo sus derechos.
(María Fernanda Bernasconi - RV).
Texto completo de la catequesis del Papa
La familia: los niños
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las catequesis sobre la familia completamos hoy la reflexión sobre los niños, que son el fruto más bello de la bendición que el Creador ha dado al hombre y a la mujer. Ya hemos hablado del gran don que son los niños, hoy lamentablemente debemos hablar de las “historias de pasión” que viven muchos de ellos.
Tantos niños desde el inicio son rechazados, abandonados, les roban su infancia y su futuro. Alguien osa decir, casi para justificarse, que ha sido un error hacerlos venir al mundo. ¡Esto es vergonzoso! ¡No descarguemos sobre los niños nuestras culpas, por favor! Los niños no son jamás “un error”. Su hambre no es un error, como no lo es su pobreza, su fragilidad, su abandono, tantos niños abandonados por las calles; y no lo es tampoco su ignorancia o su incapacidad, tantos niños que no saben qué es una escuela, y no lo es tampoco todo esto. A lo sumo, estos son motivos para amarlos más, con mayor generosidad. ¿A qué sirven solemnes declaraciones de los derechos del hombre y de los derechos del niño si luego punimos a los niños por los errores de los adultos?
Aquellos que tienen el deber de gobernar, de educar, pero, diría todos los adultos, somos responsables de los niños y de hacer cada uno lo que pueda para cambiar esta situación. Me refiero a la pasión de los niños. Cada niño emarginado, abandonado, que vive en la calle mendigando y con todo tipo de expediente, sin escuela, sin cuidados médicos es un grito que llega a Dios y que acusa el sistema que nosotros adultos hemos construido. Y lamentablemente, estos niños son presa de los delincuentes, que los explotan para indignos tráficos y comercios, o adiestrándolos para la guerra y la violencia.
Pero también en los países llamados ricos tantos niños viven dramas que los marcan duramente, a causa de la crisis de la familia, de los vacíos educativos y de condiciones de vida a veces deshumanas.  En todo caso son infancias violadas en el cuerpo y en el alma. ¡Pero a ninguno de estos niños el Padre que está en los cielos lo ha olvidado! ¡Ninguna de sus lágrimas está perdida! Como tampoco se debe perder nuestra responsabilidad, la responsabilidad social de las personas, de cada uno de nosotros y de los Países.
Una vez Jesús reprochó a sus discípulos porque alejaban a los niños que los padres le llevaban, para que los bendijera. Es conmovedora la narración evangélica: “Le trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo: ‘Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos. Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí” (Mt 19,13-5). ¡Qué bella esta confianza de los padres y esta respuesta de Jesús! ¡Cómo quisiera que esta página se transformara en la historia normal de todos los niños! Es verdad que gracias a Dios los niños con graves dificultades encuentran  muy a menudo padres extraordinarios, dispuestos a todo sacrificio y a toda generosidad. ¡Pero estos padres no deberían ser dejados solos! Deberíamos acompañar su fatiga, pero también ofrecerles momentos de alegría compartida y de alegría despreocupada, para que no estén ocupados sólo por la routine terapéutica.
Cuando se trata de los niños, en todo caso, no se debería escuchar aquellas fórmulas de defensa legal de oficio, tipo: “después de todo, nosotros no somos un ente de beneficencia” o también “en el propio privado, cada uno es libre de hacer lo que quiere”; o también: “lo sentimos, no podemos hacer nada”. Estas palabras no sirven cuando se trata de los niños.
Demasiado a menudo sobre los niños recaen los efectos de vidas desgastadas por un trabajo precario y mal pagado, por horarios insostenibles, por transportes ineficientes….Pero los niños pagan también el precio de uniones inmaduras y de separaciones irresponsables, son las primeras víctimas; sufren los resultados de la cultura de los derechos subjetivos exasperados, y se transforman luego en los hijos más precoces. A menudo absorben violencia que no están en condiciones de “digerir” y bajo los ojos de los grandes están obligados a acostumbrarse a la degradación.
También en esta época nuestra, como en el pasado, la Iglesia pone su maternidad al servicio de los niños y de sus familias. A los padres y a los hijos de este nuestro mundo lleva la bendición de Dios, la ternura materna, el reproche firme y la condena decidida. Hermanos y hermanas, piénsenlo bien: ¡Con los niños no se juega!
Piensen en que cosa sería una sociedad que decidiera, de una vez por todas, establecer este principio: “es verdad que no somos perfectos y que cometemos muchos errores. Pero cuando se trata de los niños que vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será juzgado demasiado costoso o demasiado grande, con tal de evitar que un niño piense que es un error, que no vale nada y que es abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres”. ¡Qué bella sería una sociedad así! Yo digo que a esta sociedad se le perdonaría mucho, de sus innumerables errores. Mucho, de verdad.
El Señor juzga nuestra vida escuchando aquello que le refieren los ángeles de los niños que “ven siempre el rostro del Padre que está en los cielos” (cfr. Mt 18,10). Preguntémonos siempre: ¿Qué le contarían a Dios de nosotros estos “ángeles de los niños”?
(Traducción del italiano: MCM - RV)
LUNES DEL ANGEL 

RV).- Este Lunes del Ángel, desde la ventana del Palacio Pontificio, el Papa Francisco rezó la oración mariana del Regina Coeli, que como él mismo explicó sustituye al Ángelus en el Tiempo Pascual. Ante una plaza llena de fieles a quienes el Papa les deseó unas felices Pascuas, Francisco hizo repetir en diferentes ocasiones la frase ¡Cristo ha resucitado!
Basándose en el Evangelio de Mateo, el Santo Padre recuerda cuando el Ángel anuncia a las mujeres que fueron al sepulcro de Jesús, que Él había resucitado, y como les pidió que fueran a Galilea a contarlo, y en este contexto, puntualiza Francisco que “Galilea es la ‘periferia’ donde Jesús había iniciado su predicación; y de allí reiniciará en Evangelio de la Resurrección”.
Así, nos explica que ésta es la buena noticia que estamos llamados a anunciar a los demás y en todo ambiente, “animados por el Espíritu Santo”, y exhortó que no nos cansemos de repetirlo: ¡Cristo ha resucitado! y pidió que dejemos que nuestra existencia sea conquistada y transformada por la Resurrección.
Después de la oración a la Madre de Dios, saludó detalladamente a diferentes grupos de peregrinos e hizo una mención especial al Movimiento Shalom y su misión ante la persecución de los cristianos en el mundo. E hizo un llamamiento a la comunidad internacional para no mirar hacia otro lado ante estos conflictos. Finalmente, Francisco dijo que para vivir más intensamente este periodo, “nos hará bien leer cada día un pasaje del Evangelio en el cual se habla del evento de la Resurrección”.
(MZ-RV)

que la comunidad internacional que no permanezca muda ante la persecución de los cristianos

COMO HACE 2014 AÑOS LOS CRISTIANOS SIGUEN SIENDO ASESINADOS EN MEDIO ORIENTE
(RV).- Después de la oración a la Madre de Dios, el Papa Francisco saludó detalladamente a diferentes grupos de peregrinos e hizo una mención especial al Movimiento Shalom y su misión ante la persecución de los cristianos en el mundo, y pidió a la comunidad internacional que no mire hacia otro lado antes los conflictos que se están viviendo en diversos países del mundo. “Que no permanezca muda e inerte ante tales inaceptables crímenes, que constituyen una preocupante violación de los derechos humanos fundamentales. Pido verdaderamente que la comunidad internacional no mire hacia otro lado”, insistió.
Palabras del Papa después de la oración mariana:
En esta bonita atmósfera pascual, saludo cordialmente a todos ustedes, queridos peregrinos llegados de Italia y de diversas partes del mundo para participar en este momento de oración. En especial, tengo el gusto de recibir a la delegación del Movimiento Shalom, que ha llegado a la última etapa de la difusión solidaria para sensibilizar a la opinión pública sobre las persecuciones de los cristianos en el mundo. Su itinerario en las calles ha terminado, pero debe continuar por parte de todos el camino espiritual de oración, intensa oración, de participación concreta y ayuda tangible en defensa y protección de nuestros hermanos y de nuestras hermanas, perseguidos, exiliados, asesinados, decapitados, por el solo hecho de ser cristianos. Ellos son nuestros  mártires de hoy y son muchos; podemos decir que son más numerosos que en los primeros siglos. Pido que la comunidad internacional no permanezca muda e inerte frente a tales inaceptables crímenes, que constituyen una preocupante violación de los derechos humanos fundamentales. Pido verdaderamente que la comunidad internacional no mire hacia otro lado.
A cada uno de ustedes, les deseo transcurrir en el gozo y la serenidad esta Semana pascual en la cual se prolonga la alegría de la Resurrección de Cristo. Y para vivir más intensamente este periodo- y vuelvo siempre sobre el mismo argumento-, nos hará bien leer cada día un pasaje del Evangelio en el cual se habla del evento de la Resurrección. Cada día, un pequeño pasaje del Evangelio, donde se habla del evento de la Resurrección; léanlo todos los días, les hará bien.
¡Buena y Santa Pascua a todos! Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

miércoles, 8 de abril de 2015

Papa Francisco

¡Jesucristo ha Resucitado! ¡Feliz Pascua a todos! 


(RV).- “¡Jesucristo ha resucitado! El amor ha vencido al odio, la vida ha vencido a la muerte, la luz ha disipado la oscuridad”, anunció el Pontífice en su Mensaje Urbi et Orbi de la Pascua de Resurrección 2015, desde el balcón central de la basílica de San Pedro.
Después de presidir la celebración de la Santa Misa de Pascua, en una plaza de San Pedro repleta de peregrinos y decorada para la ocasión con flores procedentes de Holanda, el Pontífice recorrió la plaza en papamóvil, prodigando saludos, sonrisas y bendiciones a los numerosos presentes, llegados a la plaza no obstante la lluvia.
En su Mensaje Pascual ‘a la ciudad de Roma y al mundo’, el Obispo de Roma explicó que la humildad - y por consiguiente la humillación - es el camino de la vida y de felicidad indicado por Jesús a todos, con su muerte. Porque “sólo quien se humilla puede ir hacia “las cosas de allá arriba”, hacia Dios - dijo.
Constatando que el mundo de hoy propone imponerse a toda costa, el Papa subrayó que es “por la gracia de Cristo muerto y resucitado”, que los cristianos ‘son el brote de otra humanidad’, en la cual buscamos vivir al servicio, los unos de los otros”. “¡Ésta no es debilidad sino verdadera fuerza!” – enfatizó -  “porque quien lleva dentro la fuerza de Dios, su amor y su justicia no necesita usar la violencia, sino que habla y actúa con la fuerza de la verdad”. Por ello, Francisco invitó a implorar del Señor resucitado “la gracia de no ceder al orgullo que alimenta la violencia y las guerras sino tener el coraje humilde del perdón y de la paz”.
“Pidamos a Jesús victorioso para que alivie los sufrimientos de tantos hermanos nuestros perseguidos a causa de su nombre, como también de todos aquellos que padecen injustamente las consecuencias de los conflictos y de las violencias en curso”, rezó el Papa. Y pidió “paz” en primer lugar, para Siria e Iraq, para que se restablezca la buena convivencia “en estos amados países”, haciendo un llamamiento a la comunidad internacional para que “no se quede inerte de frente a la inmensa tragedia humanitaria” en estos dos países y ante “el drama de los números refugiados”.
Paz pidió Francisco también para Tierra Santa, Libia, Yemen, Nigeria, Sudán, la República Democrática del Congo, Ucrania, e invitó a elevar una oración incesante por quienes han perdido la vida, con un pensamiento especial por los jóvenes asesinados el pasado jueves en la universidad de Garissa, en Kenia, sin olvidar a los secuestrados y a quienes han debido abandonar la propia casa y afectos. El Obispo de Roma encomendó también con esperanza el acuerdo alcanzado en Lausana, en espera de que “sea un paso definitivo para un mundo más seguro y fraterno”.
Paz y libertad pidió el Papa para quienes sufren nuevas y viejas formas de esclavitud, para losemarginados, encarcelados, sin olvidar a los pobres y a los migrantes, enfermos y sufrientes, niños, en especial para los que sufren violencia, a quienes sufren el luto. Para que a ellos llegue la voz consoladora del Señor: “¡La paz está con ustedes! No teman, he resucitado y estaré siempre con ustedes”. E impartió su bendición apostólica.
Finalmente, el Pontífice saludó a todos los presentes deseándoles Feliz Pascua y, extendiendo sus saludos a quienes han seguido la celebración a través de los medios de comunicación,  el Papa los alentó a llevar a las propias casas el alegre anuncio de que ¡el Señor de la vida ha resucitado, llevando consigo amor, justicia, respeto y perdón!
Agradeció a todos por su presencia, por su oración y por el entusiasmo de su fe y no olvidó agradecer por las flores, llegadas también este año de Holanda.
(MCM-RV)

sábado, 4 de abril de 2015



MISA CRISMAL EN EL VATICANO
SOMOS OVEJAS, APRENDAMOS A DESCANSAR”
(RV).- “El Señor sabe que la tarea de ungir al pueblo fiel es dura; nos lleva al cansancio y a lafatiga… Rezo por los que trabajan en medio del pueblo fiel de Dios que les fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos”, es la exhortación del Papa Francisco en su homilía en la celebración de la Santa Misa del Crisma al inicio del Triduo pascual.
En una soleada mañana romana, el Pontífice recordó las palabras del salmista refiriéndose a los sacerdotes cuando dice: «Lo sostendrá mi mano y le dará fortaleza mi brazo (Sal 88,22). Así piensa nuestro Padre cada vez que ‘encuentra’ a un sacerdote».
El Santo Padre afirmó que, “la tarea de ungir al pueblo fiel – de Dios – es dura, nos lleva al cansancio y a la fatiga. Lo experimentamos en todas sus formas: desde el cansancio habitual de la tarea apostólica cotidiana hasta el de la enfermedad y la muerte e incluso a la consumación en el martirio”. El cansancio de los sacerdotes, dijo el Papa, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo, nuestro cansancio, señaló Francisco, va directo al corazón del Padre y en esta tarea, agregó, que los sacerdotes no están solos, sino que son acompañados por la Madre de Dios. Ella, dijo el Sucesor de Pedro, como Madre, sabe comprender cuándo sus hijos están cansados y no se fija en nada más.
También, el Papa invitó a los sacerdotes a no caer en la tentación “de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios”. Tengamos bien presente que una clave de la fecundidad sacerdotal – afirmó el Pontífice – está en el modo como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio.
Después de presentar ante Jesús, Sumo Sacerdote, algunas preguntas sobre el cansancio de los pastores del pueblo de Dios, el Santo Padre repasó “las tareas de los sacerdotes que hoy nos proclama la liturgia: llevar a los pobres la Buena Nueva, anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. E Isaías agrega: curar a los de corazón quebrantado y consolar a los afligidos”.
Las tareas de los sacerdotes, señaló el Obispo de Roma, “no son tareas fáciles, exteriores; las tareas mencionadas por Jesús implican nuestra capacidad de compasión, son tareas en las que nuestro corazón es ‘movido’ y conmovido”.
Finalmente, el Pontífice enumeró, algunos “cansancios” como el cansancio de la gente, de las multitudes, el de Jesús, un cansancio bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría; también se da lo que podemos llamar, dijo el Papa, el cansancio de los enemigos, porque no sólo se trata de hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal; y por último, está también el cansancio de uno mismo, dijo Francisco, quizás el más peligroso. Porque los otros dos provienen de estar expuestos, de salir de nosotros mismos a ungir y a pelear. Este cansancio, en cambio, es más auto-referencial; es la desilusión de uno mismo. Se trata del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después añorar los ajos y las cebollas de Egipto. A este cansancio, me gusta llamarlo dijo el Pontífice, “coquetear con la mundanidad espiritual”.
Por último, el Santo Padre afirmó que “la imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral es aquella del que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1): la escena del lavatorio de los pies”. El Señor nos lava y purifica de todo lo que se ha acumulado en nuestros pies por seguirlo, agregó el Papa y eso es sagrado. Sepamos aprender a estar cansados, pero ¡bien cansados!
(RM - RV)
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DEL PAPA
«Lo sostendrá mi mano y le dará fortaleza mi brazo» (Sal 88,22), así piensa el Señor cuando dice para sí: «He encontrado a David mi servidor y con mi aceite santo lo he ungido» (v. 21). Así piensa nuestro Padre cada vez que «encuentra» a un sacerdote. Y agrega más: «Contará con mi amor y mi lealtad. Él me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva» (v. 25.27).
Es muy hermoso entrar, con el Salmista, en este soliloquio de nuestro Dios. Él habla de nosotros, sus sacerdotes, sus curas; pero no es realmente un soliloquio, no habla solo: es el Padre que le dice a Jesús: «Tus amigos, los que te aman, me podrán decir de una manera especial: ”Tú eres mi Padre”» (cf. Jn 14,21). Y, si el Señor piensa y se preocupa tanto en cómo podrá ayudarnos, es porque sabe que la tarea de ungir al pueblo fiel no es fácil; nos lleva al cansancio y a la fatiga. Lo experimentamos en todas sus formas: desde el cansancio habitual de la tarea apostólica cotidiana hasta el de la enfermedad y la muerte e incluso a la consumación en el martirio.
El cansancio de los sacerdotes... ¿Saben cuántas veces pienso en esto: en el cansancio de todos ustedes? Pienso mucho y ruego a menudo, especialmente cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajan en medio del pueblo fiel de Dios que les fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo (cf. Sal 140,2; Ap 8,3-4). Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre.
Estén seguros que la Virgen María se da cuenta de este cansancio y se lo hace notar enseguida al Señor. Ella, como Madre, sabe comprender cuándo sus hijos están cansados y no se fija en nada más. «Bienvenido. Descansa, hijo mío. Después hablaremos... ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?», nos dirá siempre que nos acerquemos a Ella (cf. Evangelii gaudium, 28,6). Y a su Hijo le dirá, como en Caná: «No tienen vino».
Sucede también que, cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir la tentación de descansar de cualquier manera, como si el descanso no fuera una cosa de Dios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos de Jesús, que nos acoge y nos pone de pie: «Vengan a mí cuando estén cansados y agobiados, que yo los aliviaré» (Mt 11,28). Cuando uno sabe que, muerto de cansancio, puede postrarse en adoración, decir: «Basta por hoy, Señor», y claudicar ante el Padre; uno sabe también que no se hunde sino que se renueva porque, al que ha ungido con óleo de alegría al pueblo fiel de Dios, el Señor también lo unge, «le cambia su ceniza en diadema, sus lágrimas en aceite perfumado de alegría, su abatimiento en cánticos» (Is 61,3).
Tengamos bien presente que una clave de la fecundidad sacerdotal está en el modo como descansamos y en cómo sentimos que el Señor trata nuestro cansancio. ¡Qué difícil es aprender a descansar! En esto se juega nuestra confianza y nuestro recordar que también somos ovejas y también necesitamos del pastor, que nos ayude. Pueden ayudarnos algunas preguntas a este respecto.
¿Sé descansar recibiendo el amor, la gratitud y todo el cariño que me da el pueblo fiel de Dios? O, luego del trabajo pastoral, ¿busco descansos más refinados, no los de los pobres sino los que ofrece el mundo del consumo? ¿El Espíritu Santo es verdaderamente para mí «descanso en el trabajo» o sólo aquel que me da trabajo? ¿Sé pedir ayuda a algún sacerdote sabio? ¿Sé descansar de mí mismo, de mi auto-exigencia, de mi auto-complacencia, de mi auto-referencialidad? ¿Sé conversar con Jesús, con el Padre, con la Virgen y San José, con mis santos protectores amigos para reposarme en sus exigencias – que son suaves y ligeras –,  en sus complacencias – a ellos les agrada estar en mi compañía –, en sus intereses y referencias – a ellos sólo les interesa la mayor gloria de Dios –? ¿Sé descansar de mis enemigos bajo la protección del Señor? ¿Argumento y maquino yo solo, rumiando una y otra vez mi defensa, o me confío al Espíritu Santo que me enseña lo que tengo que decir en cada ocasión? ¿Me preocupo y me angustio excesivamente o, como Pablo, encuentro descanso diciendo: «Sé en Quién me he confiado»(2 Tm 1,12)?
Repasemos un momento, brevemente, las tareas de los sacerdotes que hoy nos proclama la liturgia: llevar a los pobres la Buena Nueva, anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. E Isaías agrega: curar a los de corazón quebrantado y consolar a los afligidos.
No son tareas fáciles, no son tareas exteriores, como por ejemplo el manejo de cosas – construir un nuevo salón parroquial, o delinear una cancha de fútbol para los jóvenes del Oratorio... –; las tareas mencionadas por Jesús implican nuestra capacidad de compasión, son tareas en las que nuestro corazón es «movido» y conmovido. Nos alegramos con los novios que se casan, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido... Tantas emociones… Si nosotros tenemos el corazón abierto, esta emoción y tanto afecto, fatigan el corazón del Pastor. Para nosotros sacerdotes las historias de nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, y es conmovido y hasta parece comido por la gente: «Tomen, coman». Esa es la palabra que musita constantemente el sacerdote de Jesús cuando va atendiendo a su pueblo fiel: «Tomen y coman, tomen y beban...». Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al pueblo fiel de Dios... que siempre, siempre cansa.
Quisiera ahora compartir con ustedes algunos cansancios en los que he meditado.
Está el que podemos llamar «el cansancio de la gente, el cansancio de las multitudes»: para el Señor, como para nosotros, era agotador – lo dice el evangelio –, pero es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. La gente que lo seguía, las familias que le traían sus niños para que los bendijera, los que habían sido curados, que venían con sus amigos, los jóvenes que se entusiasmaban con el Rabí..., no le dejaban tiempo ni para comer. Pero el Señor no se hastiaba de estar con la gente. Al contrario, parecía que se renovaba (cf. Evangelii gaudium, 11). Este cansancio en medio de nuestra actividad suele ser una gracia que está al alcance de la mano de todos nosotros, sacerdotes (cf. ibíd., 279). iQué bueno es esto: la gente ama, quiere y necesita a sus pastores! El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados. Y este cansancio es bueno, es un cansancio sano. Es el cansancio del sacerdote con olor a oveja..., pero con la sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a sus nietos pequeños. Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba (cf. ibíd., 97). Somos los amigos del Novio, esa es nuestra alegría. Si Jesús está pastoreando en medio de nosotros, no podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Olor a oveja y sonrisa de padres... Sí, bien cansados, pero con la alegría de los que escuchan a su Señor decir: «Vengan a mí, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).
También se da lo que podemos llamar «el cansancio de los enemigos». El demonio y sus secuaces no duermen y, como sus oídos no soportan la Palabra, trabajan incansablemente para acallarla o tergiversarla. Aquí el cansancio de enfrentarlos es más arduo. No sólo se trata de hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal (cf. Evangelii gaudium, 83). El maligno es más astuto que nosotros y es capaz de tirar abajo en un momento lo que construimos con paciencia durante largo tiempo. Aquí necesitamos pedir la gracia de aprender a neutralizar – es un hábito importante: aprender a neutralizar – : neutralizar el mal, no arrancar la cizaña, no pretender defender como superhombres lo que sólo el Señor tiene que defender. Todo esto ayuda a no bajar los brazos ante la espesura de la iniquidad, ante la burla de los malvados. La palabra del Señor para estas situaciones de cansancio es: «No teman, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Y esta palabra nos dará fuerza.
Y por último – último para que esta homilía no los canse demasiado – está también «el cansancio de uno mismo» (cf. Evangelii gaudium, 277). Es quizás el más peligroso. Porque los otros dos provienen de estar expuestos, de salir de nosotros mismos a ungir y a pelear (somos los que cuidamos). En cambio, este cansancio, es más auto-referencial; es la desilusión de uno mismo pero no mirada de frente, con la serena alegría del que se descubre pecador y necesitado de perdón, de ayuda: este pide ayuda y va adelante. Se trata del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar con la ilusión de ser otra cosa. A este cansancio, me gusta llamarlo «coquetear con la mundanidad espiritual». Y, cuando uno se queda solo, se da cuenta de que grandes sectores de la vida quedaron impregnados por esta mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí sí puede haber cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este cansancio: «Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (2,3-4). Sólo el amor descansa. Lo que no se ama cansa mal y, a la larga, cansa peor.
La imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral es aquella del que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1): la escena del lavatorio de los pies. Me gusta contemplarla como el lavatorio del seguimiento. El Señor purifica el seguimiento mismo, él se «involucra» con nosotros (cf. Evangelii gaudium, 24), se encarga en persona de limpiar toda mancha, ese mundano smog untuoso que se nos pegó en el camino que hemos hecho en su nombre.
Sabemos que en los pies se puede ver cómo anda todo nuestro cuerpo. En el modo de seguir al Señor se expresa cómo anda nuestro corazón. Las llagas de los pies, las torceduras y el cansancio son signo de cómo lo hemos seguido, por qué caminos nos metimos buscando a sus ovejas perdidas, tratando de llevar el rebaño a las verdes praderas y a las fuentes tranquilas (cf. ibíd. 270). El Señor nos lava y purifica de todo lo que se ha acumulado en nuestros pies por seguirlo. Y Esto es sagrado. No permite que quede manchado. Así como las heridas de guerra él las besa, la suciedad del trabajo él la lava.
El seguimiento de Jesús es lavado por el mismo Señor para que nos sintamos con derecho a estar «alegres», «plenos», «sin temores ni culpas» y nos animemos así a salir e ir «hasta los confines del mundo, a todas las periferias», a llevar esta buena noticia a los más abandonados, sabiendo que él está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,21). Y por favor, pidamos la gracia de aprender a estar cansados, pero ¡bien cansados!

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