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sábado, 5 de diciembre de 2015

Los últimos días del concilio
2015-12-05 L’Osservatore Romano
En la basílica de San Pablo Extramuros, allí donde el 25 de enero de 1959 Juan XXIII anunció por sorpresa el concilio, el sábado 4 de diciembre de 1965, por la tarde, tuvo inicio su fase conclusiva con una oración común de Pablo VI con los observadores no católicos. En el momento del incienso cantos y textos de la Biblia se entrelazan en latín, inglés, francés, griego. Luego, en francés, el Papa leyó un discurso con una introducción conmovedora: «Vuestra partida produce a nuestro alrededor una soledad que antes del Concilio no conocíamos y que ahora nos entristece; nosotros quisiéramos veros siempre con nosotros».
Hombre de los signos, después de la liturgia Montini regaló a cada uno de los observadores una campanilla de bronce. «Conservadla —les recomendó Pablo VI— como recuerdo de nuestra oración común y a la espera del día en que sonará la hora de nuestra reunificación», como escribía al día siguiente Henri de Lubac, que ese domingo fue invitado por el Pontífice a comer Junto con Jean Guitton y Oscar Cullmann. Un hecho entonces excepcional, pero que Montini explica con sencillez a sus huéspedes: «Tal vez os preguntáis cómo se hacen las cosas con el Papa; veréis, como se hace en todos lados».
Durante la conversación entró uno de los secretarios para entregar un documento y Pablo VI, después de darle un vistazo, les habló del mismo a los tres invitados: es el texto definitivo de la declaración común entre las Iglesias de Roma y Constantinopla sobre la «eliminación de la memoria» de las excomuniones intercambiadas en 1054 entre las dos sedes. El Papa —siguió escribiendo el teólogo francés— «nos dije que se proclamará solemnemente el martes». Y el 7 de diciembre, de forma simultánea, en San Pedro y en El Fanar se leyeron, con el texto común, un breve pontificio y untòmos patriarcal.
Ese martes fue un día verdaderamente histórico, con numerosos acontecimientos y signos. En la última sesión pública del Vaticano II, antes de la misa tuvieron lugar las votaciones finales que aprobaron casi por unanimidad los últimos cuatro documentos conciliares: los tres decretos sobre la libertad religiosa, las misiones y los sacerdotes, y la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. Se leyeron después la declaración común de las dos Iglesias definidas «hermanas» y el breve papal: Pablo VI lo entregó con un abrazo al enviado del patriarca Atenágoras, y él llevó luego sobre la tumba de san León IX, obispo de Roma en la época del cisma, nueve rosas para recordar así los nueve siglos de separación.
La homilía que Montini pronunció el 7 de diciembre es uno de los textos más hermosos e inspirados, y resume la esencia del Concilio: «Tal vez nunca como en esta ocasión la Iglesia ha sentido la necesidad de conocer, de acercarse, de comprender, de penetrar, de servir, de evangelizar a la sociedad que la rodea, y de seguirla, casi alcanzándola en su rápido y continuo cambio». Y sigue: «La religión del Dios que se hizo Hombre se encontró con la religión (porque es tal) del hombre que se hace Dios. ¿Qué sucedió? ¿Un enfrentamiento, una lucha, una imprecación? Podía ser; pero no sucedió. La antigua historia del Samaritano fue la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo invadió todo».
Ese mismo día, con otro gesto significativo, el Papa firmaba un motu proprio con el cual reformaba el antiguo Santo Oficio. Y en la fiesta de la Inmaculada, el 8 de diciembre, en la plaza de San Pedro mientras brillaba el sol, Pablo VI concluyó el Vaticano II repitiendo en la homilía que «para la Iglesia católica nadie es extraño, nadie está excluido, nadie está lejos». Un saludo que Montini definió «no de despedida que distancia, sino de amistad que permanece».

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